5 d’ag. 2020

Los pájaros del perú, dos


un cuento de Romain Gary




-Debió dejarme allí-, dijo ella en inglés.
 Su garganta tenía un cálido tono resplandeciente, y la pureza de sus líneas hizo que las piedras engarzadas en su collar se vieran toscas y sin brillo. El todavía la tenía asida de la muñeca.
-¿Me entiende? No hablo español.
-Unos cuantos metros más y la resaca de la ola la hubiera arrastrado mar adentro. Aquí las olas son muy fuertes.
 Ella encogió los hombros. Tenía una voz de niña y un rostro pálido y patético; sus verdes ojos ocupaban casi todo el espacio. El rápidamente imaginó que se trataba de un amor imposible, en estos casos siempre había un amor trunco.
-¿De dónde vienen todos estos pájaros? -ella preguntó.
-Hay por allí algunas islas. Son las islas guaneras. Ellos viven allí y vienen a morir aquí.
-¿Por qué?
-No lo sé. La gente da todo tipo de explicaciones.
-¿Y usted? ¿Por qué vino a este sitio?
-Administro este café y vivo en él.
-Debió dejarme. Yo quería morir.
 Ella dio una mirada a los pájaros muertos que estaban a sus pies.
 El no pudo constatar si es que ella estaba llorando o simplemente eran las gotas de agua que caían por sus mejillas. Ella siguió mirando a los pájaros en la arena.
-Debe haber una explicación -dijo ella-. Siempre hay una explicación.
 Ella volteó hacia las dunas donde estaban el esqueleto, el salvaje de amarillo, rojo y azul y el grotesco negro que aun permanecían sobre la arena.
-Es el carnaval -dijo él.
-Lo sé.
-¿Dónde dejó sus zapatos?
 Ella se miró los pies.
-No lo recuerdo... no quiero pensarlo... ¿Por qué me salvó?
 -Usted sabe bien que se supone uno debe hacer ese tipo de cosas. Entremos.
 Él la dejó sola en la terraza un momento, luego volvió con una taza de humeante café y una botella de aguardiente. Ella se sentó en una mesa frente a él, le estudiaba su cara con mucha atención, pausada y pensativa al observar cada rasgo de su fisonomía. Él le sonrió para darle confianza.
-Todo saldrá bien, ya lo verá.
 - Me hubiera dejado.
 Ella empezó a llorar. Él le tocó el hombro, más para reconfortarse él mismo que para ayudarla.
-Pronto superará todo.
-A veces no puedo soportar más. No puedo aceptar esto. No quiero continuar con este...
-¿No siente frío? ¿No desea cambiarse?
 -No, gracias.
 El mar empezaba a subir su intensidad: no habían olas a pesar que la resaca a esa hora era más persistente. Ella levantó la vista.
 ¿Vive usted aquí, sólo?
-Completamente sólo.
-¿Podría quedarme? Sólo por poco tiempo...
-Quédese todo el tiempo que quiera.
-No puedo soportarlo más. No sé qué hacer... me odio a mí misma, tanto que...

Ella sollozaba. Eran esos momentos a los que él llamaba su invencible estupidez en la que caía nuevamente. Aunque era consciente de todo, y estaba acostumbrado a recibir todo tipo de migajas en sus manos, algo dentro de él se negaba a abandonar la lucha. El corazón: no había nada que pudieras hacer contra él. El tonto corazón que nunca aprendió la lección. Era una clase de terca y a la vez sagrada estupidez, una fuerza de auto engaño y esperanza que lo había llevado de los campos de batalla de España a los guerrilleros de Vercors y a los campos de Sierra Maestra en Cuba, matizado con las dos o tres mujeres quienes siempre aparecen en nuestras vidas para reiniciarlo a uno nuevamente en los momentos de la renunciación, justo cuando parecía que ya todo estaba perdido. Ella, tan joven y frágil, lo miró con confianza, y habiendo visto llegar a tantos pájaros para morir en esas dunas, sin siquiera la confusa esperanza de salvar a alguno de ellos, al más adorable de todos, para protegerlo, para guardarlo para sí mismo, aquí, al final del mundo, y así lograr una sola victoria, casi al final de su vida, le hizo resplandecer toda esa candidez en su irónica sonrisa que trató de ocultar. Un poco de poeta, un poco de tonto. Y todo pareció tan insignificante. Ella había alzado su vista hacia él y dijo con su voz de niña, con una mirada que denotaba ruego y que las últimas lágrimas hicieron brillar aún más sus ojos:

-Me gustaría quedarme aquí, si me lo permitiera.

 Aunque él estaba acostumbrado a todo ello, no fue sino la novena onda de soledad - la más fuerte - la que viene desde muy lejos, desde el amplio mar que lo tira a uno hacia adentro y lo lleva hasta el fondo, luego, de un momento a otro, lo suelta, justo a tiempo para volver a la superficie y agarrarse fuertemente a la primera tabla de esperanza que hallase. La única tentación que nadie ha podido vencer es la tentación de la esperanza. El movió la cabeza, estupefacto por su extraordinaria persistencia de adolescencia que aún había en él; bordeando los 50, su caso parecía verdaderamente desesperado.

-Quédese de todas maneras.
 El la tenía cogida de la mano. Por vez primera se dio cuenta que ella estaba desprovista de ropa interior. El abrió la boca para preguntarle de donde venía, quién era, que cosa estaba haciendo por allí, por qué quería morir, porqué estaba desnuda bajo su vestido de noche, con un collar de diamantes en su cuello, sus manos llenas de oro y esmeraldas. Era el único pájaro que podía decirle por qué quería terminar sus días en esas dunas. Debe haber una explicación simple y lógica, siempre la hay. Pero siempre es mucho mejor no saberlo. La ciencia nos explica lo que es el universo, la psicología trata de la mente, pero el hombre debe saber cómo protegerse por sí mismo y no dejar que los últimos mendrugos de ilusión le sean arrebatos sin remedio.(…)
Continuara


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