6 d’ag. 2020

Los pájaros del perú i tres




un cuento de Romain Gary

La playa, el océano y el cielo rápidamente se llenaban de una luz difusa porque el único signo que había del invisible sol era el incandescente brillo que se notaba al incrementarse la claridad. Sus senos estaban completamente visibles tras su delgado y húmedo vestido, y percibía la sensación de que algo faltaba en ella: aquella vulnerabilidad, la inocencia de sus claros ojos que miraban con fijación, la fragilidad de cada movimiento de sus hombros hicieron parecer que el mundo a su alrededor fuera más llevadero, más fácil de soportar, como si finalmente fuera posible tomarla en sus brazos y llevarla a una mejor playa. Nunca cambiarás, Jacques Rainier, se dijo burlonamente: un poco soñador, un poco de tonto.

-Siento frío -dijo ella-. Siempre pienso que voy a morir congelada.
 -Venga conmigo.

 Su cuarto estaba detrás del bar, las ventanas tenían amplia vista a las dunas y al mar. Ella se detuvo un momento en la ventana que daba a la bahía. El la observó como ella miraba furtivamente hacia el lado derecho, él giró su cabeza hacia esa misma dirección y vio que el esqueleto estaba acuclillado al pie de la duna, sorbiendo de la botella, el negro con la vestimenta de Luis XV aún dormía bajo la blanca peluca que se la había corrido hacia abajo para cubrirle los ojos y el hombre de cuerpo pintado, estaba sentado con las piernas cruzadas, mirando fijamente a un par de sandalias de tacón alto de vestimenta de salida que sostenía en sus manos. El hombre habló algo y empezó a reír. El esqueleto dejó de beber, estiró la mano y recogió un brassiere negro de la arena, levantó la mano y lo arrojó al mar.

-Debió dejarme morir -dijo ella-. Es tan terrible...
 Ella se cubrió la cara con las manos.
-No sé como sucedió -dijo ella-. Yo estaba en la calle, había mucha gente en el carnaval. Ellos me metieron a un auto a la fuerza y me trajeron acá, luego... luego... los tres...

 Entonces así fue la cosa, pensó él. Siempre hay una explicación, hasta los pájaros que caen del cielo lo hacen por alguna razón. Muy bien. Fue por una bata de baño mientras ella se desvestía. Dio una mirada a los tres que estaban en la duna a través de la ventana que daba a la bahía. Había un revolver en el cajón de su pequeño velador, pero pudo contenerse ante la tentación; tarde o temprano ellos morirían por sus propias culpas, y con un poco de suerte, su muerte sería mucho más dolorosa que la normal. El hombre pintado aún sostenía las sandalias con una mano, parecía que les decía algo a los otros. El esqueleto reía y el negro todavía dormía con la peluca blanca sobre sus ojos. Ellos la habían traído para acá, la tiraron al pie de la duna, frente al mar, entre miles de pájaros muertos. Seguramente ella habría gritado, habría luchado y rogado y pedido auxilio pero él no había escuchado nada. Y pensar que él tenía un sueño tan ligero que el impacto de un ave marina posándose en el techo era suficiente como para despertarlo. Seguramente el sonido del mar debió ahogar su voz. Los huanayes hacían círculos sobre las ondulaciones marinas dando chillidos agudos y de cuando en cuando caían como piedras sobre el cardume.

 Las islas guaneras se elevaban en el mar sobre el horizonte, blancas como tiza. Ellos no habían tomado su collar de diamante ni sus anillos - eso no era lo que ellos habían querido. Tal vez él debiera matarlos de todas maneras, para hacerles recordar un poco, al menos, de lo que habían robado. ¿Cuántos años podría tener ella: 21 o 22? Ella no había llegado a Lima sola. ¿Habrá un padre o quizás un esposo esperándola? Los tres hombres no parecían tener apuro en irse, ni tampoco parecían estar asustados por la policía, estaban simplemente cambiando impresiones en la playa, seguramente sobre los rezagos de un carnaval que los había dejado completamente satisfechos.

 Al volver, él la encontró parada en medio de la habitación, esforzándose para quitarse el vestido húmedo. El la ayudó a quitárselo, la ayudó a colocarse el otro vestido y sintió que se estremecía y temblaba por momentos en sus brazos. Las joyas brillaron en su desnudo cuerpo.

-Nunca debí dejar el hotel -dijo ella-. Debí encerrarme en mi habitación.
-Ellos no le han quitado sus joyas -remarcó él. Iba a decir: "Tiene suerte", pero se contuvo y sólo preguntó: -¿Desea que llame a alguna persona?
 Ella pareció no escuchar.
-No sé qué hacer -dijo ella-. Realmente,, no lo sé... Tal vez fuera mejor que primero vea a un doctor.
-Nos ocuparemos de eso. Acuéstese y métase bajo las sábanas, está usted temblando.
-No tengo resfrío. Déjeme descansar aquí.
 Ella se estiró en la cama y jaló la sábana hasta taparse la barbilla, temblando y sin dejar de mirarlo.
-No creo que usted esté loco por mí. ¿Sí?
 El sonrió, se sentó al borde de la cama y le acarició la cabellera.
-¿En verdad, por qué habría de estarlo?
 Ella le cogió la mano y la presionó contra sus mejillas como si fuera una niña, después se la llevó a sus labios. Sus pupilas estaban dilatadas. Sus ojos se notaban extrañamente fijos, infinitos y húmedos con reflexiones verdosas como el mar.
 -Si usted supiera...
-No piense más en eso.
 Ella cerró sus ojos e hizo descansar su cara en la mano de él.
-Quise acabar de una vez, tuve que hacerlo. No puedo continuar viviendo así; no lo puedo soportar. Quiero deshacerme de mi propio cuerpo.
 Sus ojos aún estaban cerrados. Sus labios temblaban un poco. El nunca había visto un rostro tan puro. Luego ella abrió los ojos y lo miró, lo miró como quien implora por caridad.
-¿Verdad que no lo disgusto? Dígame la verdad por favor.

 El se inclinó hacia ella y la besó en los labios.
 El había visto a muchos niños caminando por la playa buscando pájaros aún con vida, para luego acabarlos con un fuerte taconazo. El los había golpeado cada vez que agarraba a algunos de ellos, pero ahora él estaba cediendo a la influencia de su herida fragilidad, ahora estaba rematándola así inclinado sobre sus pechos, presionando sus labios sobre los de ella. Sintió sus brazos alrededor de su hombro.
-Sé que no le causo disgusto-, dijo ella solemnemente.
 El trató de controlarse. Era solamente la novena ola de soledad que acababa de romper y sus sentimientos empezaban a conducirlo lejos. Todo lo que deseaba en ese momento era permanecer así por siempre, hizo descansar su rostro en el cuello de ella y cerró los ojos. -Sí, por favor-, murmuró ella-. Ayúdeme a olvidar, ayúdeme.

 Ella quiso permanecer así con él. Quiso permanecer con él por siempre en su vacío café al final del mundo. Su voz era tan convincente, su mirada anhelante y había tal promesa en sus delicados brazos que apretaban su hombro, que él sintió como si hubiera llegado a la meta de su vida después de todo lo pasado y en el último momento. El la mantuvo asida, a veces levantándole la cabeza suavemente con sus manos, mientras décadas de soledad caían con un peso aplastante sobre sus hombros y la novena ola lo tiraba abajo y lo arrastraba hacia mar adentro.

-Sí-, murmuró ella. -Hazlo... quiero queelo hagas.

 Y cuando la ola regresó y él nuevamente se encontró en la playa, se dio cuenta que ella estaba llorando. El la dejó llorar sin abrir sus ojos ni levantar su frente que la tenía presionada contra su mejilla; sintió sus lágrimas y el violento golpeteo de su corazón contra el suyo. Luego escuchó voces y un ruido en la terraza. Se acordó de los tres hombres de las dunas y eso lo hizo saltar de la cama rápidamente para coger su arma.

 Alguien caminaba por la terraza mientras se oía el ronco grito de las focas a la distancia. Las aves marinas chillaban en su vuelo entre cielo y agua, y una ola reventó terminando en la arena ahogando unas voces que se acercaban, luego se retiraron tras una corta pero triste risa. Al rato alguien dijo en inglés:

-Maldita sea, muchacho, maldita sea, eso es lo que pasa. Ya lo he soportado antes. Esta es la última vez que viajo con ella alrededor del mundo. Definitivamente, el mundo está sobre poblado.

 El hombre abrió la puerta. Tendría unos 50 años y estaba vestido con smoking. Se quedó parado al lado de la mesa apoyándose en un bastón y empezó a jugar con el pañuelo verde que ella había dejado junto a la taza. El llevaba un pequeño bigote cano, sobre sus hombros había un poco de confeti, sus manos eran temblorosas, de ojos azul acuoso, rostro de borrachín, algo delgado; lo que denotaba vagas características de cansancio que empañaban su verdadera expresión que podía ser de distinción o de corrupción. Su pelo era teñido y se asemejaba a un bisoñé: clavó la mirada en Rainier que estaba en la puerta media abierta y sonrió irónicamente, dio una mirada al pañuelo, luego volvió los ojos a Rainier nuevamente. Su sonrisa se agrandó, burlona, triste y a la vez amarga. A su lado, apoyándose en la polea, estaba un apuesto joven disfrazado de torero, su pelo era negro y fino. El mantenía su mirada baja con inocultable expresión de malhumor; en una mano sostenía un cigarrillo. Un poco más lejos, sobre los peldaños de la escalera, estaba parado el chofer vestido con uniforme y gorra grises, tenía sobre sus brazos un vestido de mujer. Rainier puso el arma en una silla y salió hacia la terraza.

-Deme una botella de whisky, por favor-, dijo el hombre del smoking a la vez que dejaba el pañuelo sobre la mesa-. Por favor... -repitió.
-El bar aún no está abierto -contestó Rainier en inglés.
-Bueno. Entonces algo de café. Un café mientras esperamos que la señora termine de vestirse.

 El hombre le lanzó una mirada de resentimiento y se enderezó un poco apoyándose en su bastón. Su rostro se veía pálido en la tenue luz, sus rasgos estaban como congelados en una petulante expresión de vileza y rencor. Una nueva ola remeció los pilotes e hizo vibrar al café que estaba sobre la mesa.

-Las olas, el océano, las fuerzas de la naturaleza...Es usted francés ¿No es cierto? Si es así, entonces ella está remontando sus pasos. Nosotros vivimos casi dos años en Francia, ellos nada ayudaron, fue otra experiencia de inmerecida reputación. En cuanto a Italia...Mi secretaria, a quien usted está viendo aquí, es una chica italiana... Italia tampoco ayudó ni una pizca. Definitivamente, los amantes latinos están sobre valorados.

 El hombre vestido como torero se miró los pies con desagrado. El inglés volteó la mirada hacia la duna: el esqueleto aún dormía con los brazos estirados y con la cara hacia arriba; el hombre en azul, rojo y amarillo estaba sentado en la arena con la cabeza tirada hacia atrás, bebiendo algo de una botella; el negro con su peluca blanca y vestido de cortesano, estaba parado en el agua, se había desabotonado el pantalón blanco de seda y orinaba en el mar.

-Estoy seguro que ellos tampoco han ayudado-, dijo el inglés señalándolos con su bastón-. Sobre la tierra hay ciertos hechos que exceden al poder del hombre. Quiero decir de tres hombres... solo espero que no le hayan robado sus joyas. Una fortuna que los del seguro no lo cubrirán. Ellos la acusarán de descuidada. Algún día uno de ellos le retorcerá el pescuezo. Dicho sea de paso, ¿puede Vd. decirme de donde salen todos estos pájaros muertos? Parece que hubiera miles. He oído hablar del cementerio de elefantes, pero nunca de aves... ¿Podría ser una epidemia? Debe haber una explicación, creo yo.

 El escuchó que se abría la puerta posterior, pero no se inmutó.

-¡Ah, conque ya estás aquí! -dijo el inglés haciendo una pequeña reverencia-. Empezaba a preocuparme por ti, querida. Nos hemos estado helando allí, sentados en el coche por más de cuatro horas, esperándote hasta que fue demasiado y ahora estamos en medio de no sé donde... Los accidentes suceden tan rápidamente.
-Déjenme sola y váyanse. Cállense la boca, por favor. Por favor, déjenme sola ¿Por qué han venido?
-Querida mía. Fue una preocupación muy natural...
-Te odio. Te detesto. ¿Por qué me sigues? Tú me prometiste...
-La próxima vez, querida, deja las joyas en la caja del hotel, por favor. Es lo más seguro.
-¿Por qué siempre tratas de humillarme?
-Yo soy el humillado, querida. Al menos,, de acuerdo a las convenciones sociales. Pero estamos por sobre todo eso, naturalmente: Unos cuantos felices... Aunque esta vez has ido un poco más lejos. No hablo de mí. Estoy listo para aceptar cualquier cosa como bien lo sabes. Te amo y te lo he probado suficientemente. Pero pudo haberte sucedido algo... Ellos pudieron matarte...en un exceso de entusiasmo, y no queremos perderte, ¿verdad Mario? Todo lo que te pido es un poco más de prudencia, y un poco más de...discriminación.
-Estás borracho, todavía estás borracho.
-Es solamente desesperación, mi amor... mi ninfa. Cuatro horas en el coche con toda clase de pensamientos por dentro... Comprenderás que no soy el más feliz de los maridos...
-¡Cállate. Cállate por amor de Dios!
 Ella empezó a lloriquear. Rainier no la miraba, pero estaba seguro que ella se frotaba los ojos con sus puños: eran lloriqueos de niña. El trató de no pensar, de no comprender. Todo lo que quería oír era el bramido de las focas, el chillido de los pájaros y el murmullo del océano. Permaneció de pie junto a ellos, sin moverse y con la mirada baja, como si se estuviera sintiendo que se congelaba - una frialdad que llegaba a ser glacial postura que lo hería o quizás era que solo se le puso la carne de gallina.

-¿Por qué me salvó? gritó ella-. Debió haberme dejado allí. Una ola más y todo hubiera acabado. Quise poner fin a todo esto, no lo puedo soportar, no puedo. Y no soporto seguir viviendo así. Debió dejarme.
 -Monsieur-, habló el inglés con intención-. ¿Cómo puedo expresarle mi gratitud hacia usted? Más bien, quiero decir nuestra gratitud. Permítame, a nombre de todos nosotros...le estaremos eternamente agradecidos... Vamos mi amor, es tarde... Te lo aseguro, no sufro más... En cuanto a lo otro... Haremos una consulta con el doctor Guzmán en Montevideo. Según parece él está consiguiendo curas casi milagrosas. ¿No es así Mario?
 El torero se encogió de hombros.
-El profesor Guzmán es un gran hombre, un discípulo de Freud, un verdadero sanador... La ciencia todavía no ha dado su última palabra. Todo está en su libro, ¿no es así mi pequeña...ninfa?
-Por favor ya cállate -atinó a decir el torero.
-¿Recuerdas a esa dama de sociedad que no lo podía hacer más que con jockeys que pesaran exactamente cien libras? Ni más ni menos... ¿Y la hermosa dama que tenía que sentir el toque en su puerta justo al momento culminante? Tenían que dar tres golpes cortos seguido de uno más largo. El alma humana es insondable, y que me dices de la esposa del banquero que tenía que escuchar primero el sonido de la alarma contra ladrones de la caja fuerte antes de que pudiera darla, claro que eso la ponía en una situación casi imposible porque el sonido hacía despertar al marido.
-Basta Roger -le dijo el torero-. No tiene gracia lo que dices y estás borracho.
-¿Y el caso de la dama aburrida que podía obtener buenos resultados solamente cuando su compañero le colocaba el cañón de un revolver sobre su sien en el momento preciso? El profesor Guzmán las ha curado a todas ellas. Él lo cuenta en su libro. Al final todas consiguieron sanar, querida. Todas. No hay razón para sentirse desmoralizada.
 Ella cruzó la sala por su costado sin mirarlo. El chofer con mucho respeto le colocó el sobretodo sobre sus hombros.
-Y además, como sabes, Mesalina era también así. Ella nunca cesó de experimentar, probar... y ella era una emperatriz.
 -Roger, basta ya -dijo el torero.
-Aunque es cierto que en esa época aún no existía el psicoanálisis. El profesor Guzmán la hubiera ayudado. Caramba, carambola mi pequeña reina, no me mires así. Mario, ¿recuerdas a aquella chica llena de resentimientos que no podía hacer nada en ninguna parte hasta que escuchara el rugido de un león? ¿Y la otra que primero tenía que hacer tocar al marido The Afternoon of a Faun con una mano? Estoy preparado para todo, querida. El amor que te tengo y mi comprensión no tienen límites. ¿Y la muy graciosa dama que tenía que estar en el Ritz de modo que pudiera mirar la Columna de Vendome justo en el momento cumbre? Que indescifrable es el misterio que envuelve al alma humana. Y la jovencita que había pasado su niñez en Marruecos y no lo podía hacer? Quiero decir que no lo podía hacer sin escuchar el monótono canturreo marroquí. Muy poético. ¿Y esa novia de Londres durante la Blitzkrieg que siempre le pedía a su marido que imitara el silbido de una bomba? Todas ellas se han convertido en excelentes esposas, querida mía.

 El jovencito de torero decididamente dio unos pasos hacia el inglés y le propinó una buena cachetada. El inglés empezó a llorar.

-No puedo soportarlo más -dijo. -No puedo.

 Ella entonces empezó a descender por la escalera y él (el francés) la miró caminar descalza por la arena, entre los pájaros muertos. Su pañuelo verde que llevaba en la mano lo iba arrastrando por la arena, la cabeza altiva, y su perfil sobre el mar se veía tan puro que estaba seguro que ni la mano de cualquier hombre ni la de Dios hubiera podido agregarle algo más.

-Bien, Roger, tranquilízate ya-, le dijo el secretario.
 El inglés cogió el vaso de aguardiente que ella había dejado en la mesa y se lo tomó de un solo golpe. Puso el vaso sobre la mesa, sacó un billete de su billetera y lo colocó en el platillo de la salsa, miró las dunas reconfortado, suspiró y dijo a modo de pensamiento:
-Todos estos pájaros muertos-. Hizo una pausa y continuó:
-Debe haber una explicación.

 Ambos hombres se alejaron también. En la parte alta de la duna, ella se detuvo antes de desaparecer tras la arena, dudó un instante, luego se dio media vuelta impulsivamente para mirar al café, pero Rainier ya no estaba más a la vista. No se veía a nadie. El café estaba vacío. “


FIN

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